Se acabó, me dijiste, y acto seguido cerraste la puerta. Al instante tuve la sensación de que nunca fuiste mía, tenía miedo a perderte sin tenerte. La habitación azul cielo me llevaba a un mundo distinto, pero ya no era el mismo que cuando tu estabas a mi lado, las paredes me comían en recuerdos, me reprochaban sensaciones que tu me diste antes de tu marcha. Nunca voy a aceptar que me dueles, no puedo dejarme ver así, pero reconozco que en cuando te fuiste, mi vida cambió por completo. Cerraste la puerta y una lágrima recorrió mi mejilla, corrí hacia la ventana y te observé, tu manera de andar, esa tan tranquila que tenías, se alborotó, ibas tan rápido que casi no me dio tiempo a recorrer todas las curvas, esas que un día pude poseer. Abriste la puerta de atrás de tu pequeño coche rojo, tiraste las bolsas dentro y te metiste en él, oí como ponías la llave en el contacto, sentí tus lágrimas en mí corazón, cerré los ojos y te imaginé, volví a la habitación de los recuerdos, me tumbé en la cama e intenté desaparecer, entonces, sonó el teléfono, me incorporé, lo cogí, contesté…
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