...Oí su voz, su dulce melodía.
-Tengo que volver Julia, me he dejado la cartera, pero no quiero verte, déjamela en la puerta.- hacía mucho que no salía mi nombre así de sus labios.
-Entra por favor, ¿No podemos hablar?
-No, esto terminó. En 30 minutos estoy aquí- y colgó.
Me quede atónita, en blanco, sin saber que hacer. Sabía que llegaría en menos de 15 minutos, cuando quiere, va rápida, y más ahora. Conozco su forma de conducir, de presionar el acelerador, de cambiar de marcha, la he visto tantas veces hacerlo, que incluso sabría conducir como ella, pero no quiero apoderarme de su personalidad, por eso, no lo hice nunca.
Cuando me di cuenta, ya habían pasado 10 minutos de mi vida a solas, así que busqué su cartera, esa tan vieja que le regalé cuando hicimos el primer año juntas, esa de estrellas y lunas, que tanto le gustaba. Me permití el lujo de abrirla, total, ella nunca lo sabría. Empecé por las tarjetas y carnés, allí lo tenía todo, su identidad ahora me pertenecía. Vi que por debajo del carné de identidad se escondía una foto nuestra que nos hicimos en una de esas cabinas, la tercera vez que fuimos a la playa, recordé ese momento, me vino a la memoria y me hizo daño, como si un puñal se clavara en mi corazón. Dejé la cartera en la mesa de al lado de la puerta, para pedirle que entrara a buscarla, que usara sus llaves, que yo me iría. Pero cuando dejé la cartera, allí estaban, no las había cogido, y eso que ella nunca se olvida, lo hizo a drede para no volver, no poder entrar. Recorrí cada rincón de la casa, mis ojos estaban empañados, mis manos palpaban cada instante de mi vida en ese lugar, mi corazón se rompía por momentos y el negro de la pared del comedor me comía viva. Me lo pensé, y al final dejé la cartera en la puerta, si desaparecía de allí, ya no era cosa mía. Luego me senté en el sofá, mejor dicho, me dejé caer y me tranquilicé, alejé mis pensamientos y me dormí. Al despertarme, miré el reloj sorprendida, habían pasado dos horas, mis pasos me llevaron hasta la puerta, la abrí, miré al suelo y ya no estaba la cartera, en lugar de eso, había un sobre blanco. Mi cara de incredibilidad debió ser exagerada, esa que se me pone cuando no me caben las cosas en la cabeza, pero la cogí, le di la vuelta y quien la escribía era ella: Lise. Un escalofrío recorrió mi brazo, quizás un impulso, pero no la solté, la abrí, su perfume me vino a la mente.
Y la carta así decía:
-Tengo que volver Julia, me he dejado la cartera, pero no quiero verte, déjamela en la puerta.- hacía mucho que no salía mi nombre así de sus labios.
-Entra por favor, ¿No podemos hablar?
-No, esto terminó. En 30 minutos estoy aquí- y colgó.
Me quede atónita, en blanco, sin saber que hacer. Sabía que llegaría en menos de 15 minutos, cuando quiere, va rápida, y más ahora. Conozco su forma de conducir, de presionar el acelerador, de cambiar de marcha, la he visto tantas veces hacerlo, que incluso sabría conducir como ella, pero no quiero apoderarme de su personalidad, por eso, no lo hice nunca.
Cuando me di cuenta, ya habían pasado 10 minutos de mi vida a solas, así que busqué su cartera, esa tan vieja que le regalé cuando hicimos el primer año juntas, esa de estrellas y lunas, que tanto le gustaba. Me permití el lujo de abrirla, total, ella nunca lo sabría. Empecé por las tarjetas y carnés, allí lo tenía todo, su identidad ahora me pertenecía. Vi que por debajo del carné de identidad se escondía una foto nuestra que nos hicimos en una de esas cabinas, la tercera vez que fuimos a la playa, recordé ese momento, me vino a la memoria y me hizo daño, como si un puñal se clavara en mi corazón. Dejé la cartera en la mesa de al lado de la puerta, para pedirle que entrara a buscarla, que usara sus llaves, que yo me iría. Pero cuando dejé la cartera, allí estaban, no las había cogido, y eso que ella nunca se olvida, lo hizo a drede para no volver, no poder entrar. Recorrí cada rincón de la casa, mis ojos estaban empañados, mis manos palpaban cada instante de mi vida en ese lugar, mi corazón se rompía por momentos y el negro de la pared del comedor me comía viva. Me lo pensé, y al final dejé la cartera en la puerta, si desaparecía de allí, ya no era cosa mía. Luego me senté en el sofá, mejor dicho, me dejé caer y me tranquilicé, alejé mis pensamientos y me dormí. Al despertarme, miré el reloj sorprendida, habían pasado dos horas, mis pasos me llevaron hasta la puerta, la abrí, miré al suelo y ya no estaba la cartera, en lugar de eso, había un sobre blanco. Mi cara de incredibilidad debió ser exagerada, esa que se me pone cuando no me caben las cosas en la cabeza, pero la cogí, le di la vuelta y quien la escribía era ella: Lise. Un escalofrío recorrió mi brazo, quizás un impulso, pero no la solté, la abrí, su perfume me vino a la mente.
Y la carta así decía:
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